A unos 65 km de Atenas hacia el sureste de Grecia, después de atravesar pueblos y montañas, el destino me reservaba una cita con uno de los atardeceres más mágicos y fascinantes que he tenido el placer de contemplar. Durante un espacio de tres horas aproveché cada minuto, cada instante, hasta que el sol, cada vez más deslumbrante sobre un mar en calma, decidió pasar al ocaso y liberarme así, del exilio espiritual en el que Poseidón parecía haberme tenido inmersa.
